No hacía nada más que escribir y escribir y escribir. Solo eso, pero escribir en soledad, nada más que escribir y escribir. Antes dibujaba, pero eso fue antes de que su hermano pequeño muriese ahogado en aquel lago. Ahora iba cada día a sentarse en el lago mientras escribía en una libreta toda tu frustración hacia aquel lugar. Realmente odiaba ese lago pero no podía evitar estar allí siempre. El lago era precioso, cada amanecer tenía el agua un tono violeta y anaranjado, y al atardecer adquiría un tono dorado que daba gusto dibujar, pero ella ya no dibujaba. Simplemente se sentaba al borde, con los pies en el agua, descalza. Siempre iba con el mismo vestido blanco de gasa, a medio destrozar, a veces manchado de tierra, a veces con briznas de césped, pero nunca en perfecto estado.
Cuando llegaba la noche, ella se sumergía en el agua, se empapaba totalmente y al salir allí estaba su hermano pequeño como una leve brisa de viento para coger su mano e irse juntos. Porque aquel día, en el lago en el que murió su hermano, el día que este murió ella intentó salvarle, muriendo así también ahogada también, y cada día regresa con la esperanza de poder corregir su error, pero cada medianoche, su hermano vuelve a por ella, diciendo que la perdona y que vayan juntos, así para toda la eternidad. Simplemente son una leve brisa de viento que viene y va.
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