Regresaron al anochecer, llevaban toda la tarde (hasta las cinco y media) estaban cansados, pero contentos porque tenían lo más parecido a una familia que nunca había tenido ni Meredith ni Lauren. Todo fue perfecto durante las siguientes semanas e incluso los siguientes meses, pero no todo podía ir perfecto, las cosas comenzaron a cambiar cuando pasaron séis meses. Quizá no hubiesen debido, o quizá era inevitable, pero las drogas los atrapó. Bien era sabido que Klaus consumía de vez en cuando, pero se esperaba que ellos fueran más fuertes. Todo comenzó un día de junio, al final del colegio...
Séis meses adelante, 27 de Junio.
Habían terminado la jornada de ese día, era mucho más fácil vender en verano que en la época escolar. Un compañero camello se les acercó lentamente.
-Hey, chicos.-sonrió de medio lado.-Esta noche damos una fiesta ¿os venís?
-¿Vamos?-preguntó Allen que tenía bastantes ganas de fiestas.
Las chicas asintieron levemente.
-Perfecto, quedamos aquí a las siete.-y desapareció.
Caminaron sin hablar, contando el dinero ganado ese día. Lauren había tenido una gran idea de meter el ácido en los chicles y así eran más fáciles de vender, y luego vender comida hecha con drogas. Siempre se habían preguntado como sería vivir un viaje, pero no quisieron probarlo nunca. Habían oído hablar de los malos viajes, esos que no te dejaban volver y que o quedabas en un estado vegetal o mueres. Eso rondaba sus mentes a todas horas, por lo cual ellos eran más de alcohol, de beber hasta cansarse. Realmente el negocio de las drogas era muy difícil. ¿Quién podía afirmar que no perdería el control cuando iba camino de la destrucción? Este mundo es así, un lugar de autodestrucción continua y realmente es duro.
-Ya estáis aquí.-dijo Klaus abriéndoles la puerta. Ni siquiera habían notado que ya estaban, era todo tan mecánico como sus pensamientos.
-Hmmm...Klaus... Digo, papá.-comenzó Meredith. Klaus les había dicho que le llamaran papá, que le hacía mucha ilusión eso.-Hoy nos han invitado una fiesta, personas del negocio ¿podemos ir?
-Claro, ¿por qué no?-Dijo Klaus, aunque había algo en el tono de su voz que le hacía parecer distraído.
-¿Ocurre algo, Klaus?-Allen era el único que no era capaz de llamarlo 'papá' o 'padre' porque para él, su padre había muerto hacía séis meses de una parada cardíaca. Solo tendría un padre.
-No, no pasa nada. Ir y divertiros.-se retiró a su habitación de una forma muy extraña, casi hablando para sí mismo.
Era un poco tarde para el almuerzo, pero bien era sabido que habían estado trabajando durante esa hora por lo cual no habían comido nada desde por la mañana. Tampoco fue muy abundante ese día la comida, no porque no tuviesen hambre, si no porque no habían tenido tiempo de ir a comprar más comida, así que se tuvieron que conformar con un par de sandwiches cada uno.
Bien es sabido que en Berlin oscurece más temprano que en el sur, por lo que a las cuatro y media ya era de noche, pero las chicas estaban nerviosas, muy nerviosas. Había comenzado a llover, con demasiada intensidad, aunque por suerte esto solo duraría como mucho veinte minutos, pero no podían evitar pensar en que pasaría si a alguien le pilla esas tormentas en mitad de la calle. Parece que habían olvidado sus años anteriores, sus caminos bajo la lluvia intensa... No, es obvio que sí lo recordaban, solo que el pasado a veces es mejor olvidarlo. Casi de acercaba la hora de la fiesta, Klaus no había salido de su habitación en todo el tiempo.
-Klaus, nos vamos.-gritó Allen desde la puerta. Se escuchó un sonido de aprobación detrás de la puerta.
En la calle el aire el fresco, pero no hacía frío, se estaba bastante bien comparado con otras épocas del año.
Todo era tan solitario a esas horas... Por la noche, nadie salía de casa, porque la noche era de los barrios bajos, los barrios bajos de Berlin gobernaban la noche con sus fiestas, con sus movidas, y a nadie le importaba, porque mientras no te metieras con ellos, saldrías bien.
La fiesta. No era gran cosa, realmente. Una veintena de personas, drogándose, borrachas, y bailando sin control, o llorando, haciéndose daño. Fumaban sin parar, reían con histeria, no eran conscientes de sus actos. Eso es lo que pasaba cada noche, al parecer, se creían los reyes del universo, lo tenían todo, pero lo perdían cada día, al regresar, al ser de nuevo personas que no tienen nada, que difícilmente pueden comer, porque ese era el mundo de la droga en los barrios bajos. Demasiado triste, demasiado doloroso, demasiado mortal como para sobrevivir mucho tiempo, demasiado adictivo como para dejarlo sin ayuda. Sin quererlo, sin darse cuenta, Allen, Meredith y Lauren ya formaban parte de ese grupo, ya habían cometido el error de caer en la tentación, estaban perdidos. Un caleidoscopio se abría a su alrededor, nada era lo que parecía, estaba distorsionando la realidad, la risa les subía por la garganta, pero a la vez notaban como si el estómago se fuera con ella. Algo así como euforia y a la vez ganas de echarlo todo. Querían vomitar hasta echar el alma por la boca. Los efectos duraron un par de horas, cuando regresaban a casa, ya estaban pasando, pero seguían ahí, sentían la lluvia caer sobre su piel, pero no parecía su piel, era como si eso fuera un envoltorio y ellos estuviesen fuera, nada de su cuerpo les pertenecía. Era todo felicidad, pasión y diversión, pero no duraba para siempre, cuando todo va mejor siempre pasa algo malo.
-Hemos llegado, Klaus.-gritó con euforia Allen, pero no encontró respuesta.-¿Klaus? ¿Estás dormido?
Era raro, Klaus sufría de insomnio y casi nunca dormía, aunque no sería raro que por un día lo hubiesen conseguido, pero un escalofrío recorrió la espalda de Meredith. Tenia un mal presentimiento y corrió hacia la habitación de Klaus. Un grito llenó aquella madrugada, un grito tan desgarrador, que hubiese podido despertar a un muerto, un grito tan lleno de dolor que jamás se hubiera pensado que alguien podría sentir algo así. Allen y Lauren corrieron, rápidos hacia el cuarto.
La realidad les sobrevino de golpe. El cuarto estaba destrozado, la cama desecha, los muebles rotos, como si alguien los hubiese roto con el hacha que se encontraba en el suelo. Una sola silla estaba en el centro de la habitación, la silla se encontraba caída, y junto a ella estaba Meredith llorando desconsoladamente, algo no entendía de todo ese desorden, algo no cuadraba en aquel cuadro, hasta que Lauren miró arriba y chilló. Se echó a llorar también. Allen estaba paralizado, pero sacó fuerzas de donde no las había para mirar arriba.
Klaus estaba colgando de la lámpara, Klaus tenía una silla a sus pies, Klaus había destrozado toda la habitación.
Klaus se había suicidado.
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