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lunes, 2 de marzo de 2015

Illa iustus eius.

El primer día que la vi era una tarde nublada de Febrero. Ella tenía el pelo corto, con el flequillo verde. Era bonita, muy bonita, ese día llevaba unos vaqueros y una camiseta negra, además de una chaqueta vaquera. La vi en una cafetería, se sentaba en una mesa cercana a la ventana, tomaba un café y lo que parecía una especie de dulce salado o similar. Yo me encontraba alejada de ella, leyendo un libro, me gustaba disfrutar de la soledad junto a un libro en aquella triste cafetería. Era triste sólo por falta de clientela, por solitaria, por taciturna, pero por otro lado era realmente preciosa.

Pasé el rato observando el rostro de aquella chica, parecía que venía a inspirarse, estaba escribiendo, así que intenté memorizar cada uno de sus movimientos, sus gestos, el mohín que hacían sus labios cuando se quedaba sin ideas... Todo resultaba simplemente atrayente. Al cabo de unas horas, se levantó y salió por la puerta sin mirar a nadie. Tampoco había mucho a quien mirar.

Poco después terminé yo con mi lectura, pagué mi consumición como cada día antes de irme y, tras recoger mis cosas, salí. Aquella noche no pude quitarme de la cabeza la imagen de aquella chica. Decidí que volvería cada día con el fin de volver a verla.

Así pasaban los días, llegaba a la cafetería, con un libro que leer, pedía un café y esperaba hasta que ella apareciese. No había día en que ella no estuviese allí, escribiendo, y tampoco había momento en el que no pensara en hablarle, pero mi timidez me impedía hacerlo. Me encantaba observarla por encima de mi libro; era tan delicada que parecía capaz de romperse en cualquier momento.

Llegó finales de Marzo, la primavera hacía que la temperatura fuese agradable, y como cada día me dirigí a la cafetería. Esta vez, llevaba una libreta y mis utensilios de dibujo, quería intentar dibujarla, quería plasmar sus perfectos rasgos en un papel. Ese día, ella no apareció por la cafetería. Estuve esperando durante horas, hasta que el camarero me indicó que debía marcharme ya. Recogí mis cosas y salí en silencio; estaba confusa ¿que había pasado? ¿por qué hoy no apareció?

Tampoco apareció al día siguiente, ni al otro, ni durante una semana, aquella chica sin nombre regresó a la cafetería. Ya fuere por casualidad o porque así debió ser, estuve una semana enferma en cama, una semana sin aparecer por la cafetería, al igual que la chica misteriosa.

Regresé a la cafetería cuando nos encontrábamos a mitad de Abril. Me senté en mi mesa habitual, aunque ese día ocurrió algo fuera de la rutina: ella se sentó junto a mi. Al principio no nos hablábamos, sólo las mirabas furtivas y risas entre labios era todo lo que basaba nuestra comunicación, hasta que un trozo de papel fue empujado hacia mi. En ese pequeño trozo, con una caligrafía hermosa decía <<Te he echado de menos esta semana>>. Al leerlo, levanté mi mirada hacia ella, para encontrarme con sus ojos marrones lisos y profundos.

¿Me has echado de menos? Yo también noté tu ausencia aquella semana.— mis palabras salía de mi boca sin ser apenas procesadas, pero ¿qué más daba? Estaba hablando con ella.

Siempre estuve observándote, mientras leías. Estos meses, venía cada día a la cafetería a escribir para poder verte, aún pudiendo hacerlo en mi estudio.


También yo vine cada día a la cafetería por verte... Que casualidad tiene la vida.


Me llamo Heidi, y es como si te conociera de toda la vida.


Mi nombre es Isaura, y llevo toda mi vida esperando este momento.



Pasamos el resto de la tarde hablando, mientras el camarero parecía observarnos de reojo, con una gran sonrisa de satisfacción en su rostro. Al llegar la hora de marcharse, decidí que aquello no podía acabar así, por lo cual la invité a cenar a casa. Ella aceptó, con una gran sonrisa. 

Nos marchamos a pasos lentos, entre risas y gestos; en un acto valiente, cogí su mano, a lo que ella correspondió entrelazando sus dedos en los míos. Su sonrisa podía iluminar el universo, siempre me fascinó aquello. 

Y pasó la noche, entre risas, copas, conversaciones y besos, que terminó con sábanas revueltas, llenas de sueños inmersos, con pasionales despliegues de amor, con su cuerpo sobre mi cuerpo. Porque al amanecer, era ella quien quedaba, sus besos, su piel de porcelana, sus ojos lisos. Era simplemente ella.

Te escribo.

He decidido escribirte, en esta noche trémula y fría, donde necesito tus abrazos más que nada y tus besos son el aire que respiro. He decidido escribirte porque tu ausencia me quema por dentro, diciendo que no volverás, que ya encontraste como sustituirme y que no seré otro recuerdo más, sólo la sombra de un suspiro que llevó consigo el otoño elemental.

Conozco la situación, que me indica que no volverás a mi lado, porque para ti no significa más que una amistad, tú, para mí, eres lo que me levanta y me hunde; eres en quien pienso antes de acostarme y en quien pienso al levantarme.

Eres motivo de mi llanto y motivo de mi risa, el hierro incandescente que quema mis entrañas y el frío hielo que congela mis extremidades.

He decidido escribir, porque el dolor nubla esta noche mi alma, y mis lágrimas son estas palabras que la ausencia no podrá borrar.