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sábado, 22 de febrero de 2014

Cry, baby, cry.

Llorar. Llorar hasta quedarte sin lágrimas. Llorar todo el dolor que almacena tu alma, limpiar tu cuerpo con pequeñas gotas internas, y así quedar libre de pesadez, liberar y sentir la libertad...

Ya no puedo llorar. No recuerdo como se llorar, no recuerdo ni siquiera que se siente al llorar de verdad, llorar durante horas, sin descanso, soltar toda la mierda que tienes dentro y poder ser feliz durante un instante, nada. No hay nada, ya no existe, ya no se puede, por mucho que lo intento las lágrimas no acuden, ni un atisbo en un bostezo, ni un recuerdo triste, ni siquiera el dolor es capaz de hacer desahogar el sentimiento. Tan vacía me encuentro por dentro, que ya no recuerdo muchos de los sentidos.

Todo es tan monótono que duele, tan idéntico que ya cuesta hasta respirar. No hay cambios, no hay diferencia, sólo identidad, simple y terrible igualdad diaria.

Other night.

Un, dos, tres, respiras hondo, cuatro, cinco, seis, la cuchilla sobre tu piel, siete, ocho, nueve, aprietas levemente, diez, comienza la autodestrucción. Otra noche más, sientes la sangre correr, otra noche más el dolor se extiende por tu cuerpo sin parar, pero es placer, no es un dolor malo, sino intenso, un dolor que demuestra que estás vivo.

No puedes parar de cortar tu piel, una y otra vez, con un patrón repetitivo, como quien toca un violín. Su cuerpo, el instrumento, su brazo, el mástil, y la cuchilla, su arco. Todo continua de esa manera, mientras se tiñe de rojo todo, pequeñas gotas caen la suelo, manchando la madera de carmesí. Y las sábanas antes blancas, dejaron de serlo hace rato, quizás haya demasiada sangre, quizás te has pasado aunque en el fondo sabes que no, que nunca es suficiente, nunca te pasas, siempre terminas siguiendo un día más.

Aquella noche no sería un excepción.

viernes, 14 de febrero de 2014

Destructiva inocencia.

Un, dos, tres, saca la hoja cortante del papel, cuatro, cinco, seis, acerca la cuchilla a tu piel, siete, ocho, nueve, tu desesperación está llegando a su fin, diez, y cortas, cortas sin pararte a pensar, cortas hasta desaparecer porque hoy la esperanza se ha esfumado de ti, ya no sabes que hacer. 

Duele saber que las burlas, las risas, los comentarios por lo bajo, son por ti. Todo es por ti. Siempre siendo el centro de burlas, el centro de risas, el centro del daño; todos hablan de tu ropa, de tu pelo, se ríen de como hablas, y te dicen gorda, te llaman fea y te insultan sin pensar en el dolor. Llevas años sufriendo diariamente lo mismo, tus padres no te creen, no quieren creer que esos golpes son de verdad, y los profesores no hace nada, sólo miran y te mandan callar o te ridiculizan en clase, haciendo reír a todos.

Has decidido que ya no quieres seguir aquí, no quieres soportar más esta destrucción vital que te arrolla, crees que no puedes seguir más con esto, que ya te ha superado hace tiempo y no, ya no más. Ya no más, porque ya no podrán meterse más contigo, porque ya no vas a ser el centro de atención nunca, porque ellos pagarán con la  culpa de haberte provocado esto. Y lo sabes, por eso haces el corte más profundo que acaba con tu existencia.

Sendero Carmesí.

¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué está pasando? No recuerdo nada.  Y siento frío, mucho frío, ¿por qué tengo tanto frío? Miro mis brazos desnudos, mientras el viento revuelve mi pelo, al mismo tiempo que un fino vestido blanco aletea sobre mis rodillas. Miro al cielo, está nublado, las nubes van y vienen con el viento superponiéndose unas a otras de manera sobre natural, es tan fantástico que no puedo creerlo.

Mis pies están húmedos, hundidos en alguna sustancia extraña, no me atrevo a mirar, porque no recuerdo ni como llegué hasta aquí. Pero todo me fascina, todo lo que mis ojos están viendo es sublime, imposible y perfecto. Comienzo a caminar por aquella sustancia viscosa, esa sensación como si pisara gelatina... Miro mis pies, y sólo veo sangre, un sendero carmesí por el que ando sin camino, sin saber que era mientras un escalofrío recorre mi cuerpo. No, no es frío, ya no es frío, es temor, temor al olvido que me embarga, temor a la amnesia que me arrolla, y ya no sé ni siquiera si sigo viva por lo que caigo al suelo, temblando sin tener ni idea de que hacer, nunca más.

sábado, 8 de febrero de 2014

Esencia de lobo.

Aquella chica camina despacio, pero no demasiado, con la vista al frente, no mira hacia sus lados, siempre parece saber lo que está buscando, y a donde quiere ir, nadie la puede parar.

Tiene la mirada llena de ira, estremecedora, desafiando a todo aquel que la sostenga, fría y cálida a la vez, segura de si misma.

Esa chica tiene los labios finos por arriba y gruesos por abajo, en una mueca desconcertante, casi enseñando los dientes, afilados colmillos que sobresalen, como un depredador dispuesto a atacar.

Esa chica no es quien crees, no te va a ayudar a salvarte, esa chica es un lobo disfrazado de oveja, como en todos los cuentos ocurre con el malo. Tiene en su cuerpo la esencia del lobo.