Es más fácil hablar de ella, que hablar de mí. Más simple decir que ella está cansada, que ella se quiere morir.
A veces, en su interior se encuentra un eterno invierno; a veces quiere llorar pero no puede; a veces quiere gritar pero ya no siente.
Y a veces sufre en silencio, consumiéndose con lentitud; y otras veces se deshace en llanto en las malditas madrugadas de lágrimas saladas y humo de tabaco, sumergida en la oscuridad de su alma, sin retorno.
A veces quiere morir y lo intenta, autodestruyendo su vida, su alma, su cuerpo, su todo; otras veces se da cuenta de que ya está muerta, sólo queda de ella una coraza vacía, que no siente, que no sufre, que ya no piensa, un autómata sin vida ni necesidad.
Las voces nunca callan, siempre se escuchan; susurran, murmuran, hablan, gritan y ella pide, suplica, llora, reza porque se callen, que se está volviendo loca y no es capaz de controlarlo, ya no. Las voces le controlan, le obligan a hacerse daño, a hacerles daño a los demás.
Ella ya no sale, no se mueve de la cama, ya no come, ya no vive, sobrevive día a día, pero no aguanta, es un estado vegetativo constante.