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lunes, 19 de mayo de 2014

Sólo ella.

Es más fácil hablar de ella, que hablar de mí. Más simple decir que ella está cansada, que ella se quiere morir.

A veces, en su interior se encuentra un eterno invierno; a veces quiere llorar pero no puede; a veces quiere gritar pero ya no siente.

Y a veces sufre en silencio, consumiéndose con lentitud; y otras veces se deshace en llanto en las malditas madrugadas de lágrimas saladas y humo de tabaco, sumergida en la oscuridad de su alma, sin retorno.

A veces quiere morir y lo intenta, autodestruyendo su vida, su alma, su cuerpo, su todo; otras veces se da cuenta de que ya está muerta, sólo queda de ella una coraza vacía, que no siente, que no sufre, que ya no piensa, un autómata sin vida ni necesidad.

Las voces nunca callan, siempre se escuchan; susurran, murmuran, hablan, gritan y ella pide, suplica, llora, reza porque se callen, que se está volviendo loca y no es capaz de controlarlo, ya no. Las voces le controlan, le obligan a hacerse daño, a hacerles daño a los demás.

Ella ya no sale, no se mueve de la cama, ya no come, ya no vive, sobrevive día a día, pero no aguanta, es un estado vegetativo constante.

Melodía suicida.

Ella despertó gritando otra vez, entre escalofríos, temblores, nervios y sudores fríos. Las lágrimas vuelven a rodar por sus mejillas por culpa de las pesadillas, ya no puede más.

Enciende un cigarrillo en el balcón, con los ojos inundados de recuerdos, y la boca llena de dolor. Esos labios rotos, cortados, sangrantes de morderlos, de morderse para callar, de sufrir en silencio.

El cigarro entre sus labios rotos, doloridos, expulsando lento el humo que se arremolina entre sus ojos, huyendo por las calles de Florencia. Que los recuerdos vienen hacia ella en lágrimas transformados y brotan en su pecho como si de un mar se tratase, inundándolo todo, sufrimiento eterno.

Se consume su interior más rápido que su cigarro, con el miedo de si acaba el humo, soltara el último suspiro de su alma.
Y el pianista eterno de madrugada, tocando su triste melodía, parece que tocase una nana sólo para ella, como cada noche, cada madrugada que ella pasa despierta, manteniéndola unida  a la vida mediante la triste sinfonía de un pianista suicida.

domingo, 4 de mayo de 2014

Quiero hablar.

Ahora que los versos salen sólo, sin ayuda de un empuje, ni brisas de lágrimas, quiero hablar.
Ahora que mi corazón se destroza, sin temor a quemar las cenizas de un amor, o convertirse en hielo ardiente del infierno, quiero hablar.
Quiero hablar porque me están quemando las palabras, quiero hablar porque estas cicatrices que recorren mi cuerpo arden incesantes y duelen, vaya si duelen, mucho más que las propias heridas me duelen.
Ahora que el ocaso está llegando, que se apagan las luces del día para encenderse la luna, quiero hablar.
Quiero hablar en este crepúsculo espectacular porque ese bosque se siente más frío que de costumbre y mi cama ya no es lo mismo si tú no estás.
Ahora que ya es noche cerrada, que no hay luna que valga, quiero hablar.
Ahora que el cielo está tan negro cómo tu alma, que decidiste matar, quiero hablar.
Quiero hablar de esos besos que me diste, hablar de tus labios en mi cuerpo, semi inerte y casi muerto, cuando aún éramos fuego y hielo, cuando éramos letra y melodía, pasión y poesía. Quiero hablar, ahora quiero hablar de esos días, cuando no había dos, esos días tú y yo éramos uno.