Helen es una chica bonita, de pequeña estatura, cabellos rubios platinos, ojos verdes esmeraldas y piel blanco impoluto. Pero ella no se ve así, se siente fea, piensa que está maldita porque el verde es el color del diablo. Aún siendo ella misma un reflejo de la propia belleza de la naturaleza, piensa que sus ojos la afeaban, solo porque son de un color maldito. Cada día se traslada al bosque del retorno. No es más que un bosque sagrado, con árboles de verdes hojas, sobra y luz, un espectáculo hermoso que jamás podría evitar mirar; es ahí donde se siente ella misma. Un día, ni siquiera nota aquella nueva presencia en el bosque, no lo ve. Él se acerca por detrás, le agarra por la cintura con delicadeza y susurra en oreja.
-Eres la persona más preciosa que he visto jamás.-dice lentamente, cosquilleando en su oreja, haciendo que sienta escalofríos por la espalda.-¿Quién eres, hermosa dama?
-Y-yo... Yo... Suelteme...-pide susurrando.
-Te soltaré si me dices quien eres.
-Me llamo Helen.
El chico la suelta, Helen despacio da media vuelta para encontrarse cara a cara con un hermoso rostro: pómulos marcados, rasgos afilados, ojos azules, cabellos castaños. Sus ojos conectaros, y momentos en distintas épocas, con distintas ropas, con otros peinados, pero los mismos rostros, el mismo bosque, pasaron por su visión. Algo los une cada vez más, una atracción eléctrica inevitable, como una corriente que empieza en Helen y termina en aquel misterioso chico. Poco a poco se vuelven uno; labios húmedos, como lenguas de fuego paseando una sobre otra, era el destino.
-Tú... Helen... Tú eres la chica que llevo buscando toda mi vida.-murmura el chico casi sin respiración después de aquel beso.
-Tú... Eres John... Te he soñado cada día, hasta que por fin estas aquí.-susurra cerca de sus labios Helen.
Con un beso funden el destino, aquel que siempre les ha traído al bosque, porque han vivido miles de vidas, pero todas ellas las han vivido juntos.
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