Una
vez conocí a un hombre que siempre decía que la felicidad es aquello que
buscamos sin esperar encontrarlo, pero aun así mantenemos la esperanza de saber
que algún día seremos felices. Nunca me di cuenta de la razón que tenía; no
porque no podamos ser felices, sino porque hemos vuelto a la felicidad algo
inalcanzable. Y a veces, mientras nos devanamos en búsqueda incesante de ese
sentimiento, nos sentimos felices por momentos, momentos en los que hemos olvidado
la búsqueda, para sentir el viento. Porque a veces, no nos damos cuenta de que
la felicidad no depende de lo que nos digan, ni de lo que nos pase, sino de lo
que nosotros queremos y lo que sentimos. Que la felicidad puede estar
simplemente en una sonrisa, si esa sonrisa es de verdad y ser capaces de ver
que nuestra felicidad depende de encontrar el camino correcto y seguir el
sendero una vez estemos en ello. Y es que al fin y al cabo, nuestro problema
siempre ha sido, que buscamos la plenitud en todo lo que hacemos, sin pensar
que quizás, la serenidad también nos sirve al menos; que la felicidad es estar
sereno, y no es estar pleno, porque la plenitud es un estado tan abstracto que
muchos, ni siquiera conocemos.
La
felicidad podría explicarse como ese objeto que ansiamos encontrar, que
buscamos sin descanso, en uno y otro lugar, pero nunca encontramos, y lo
tenemos delante. Nos hace falta que venga otra persona a avisarnos de que lo tenemos,
de que llevamos un rato viéndolo frente a nuestros ojos, sin ser capaz de
cogerlo... Lo mismo ocurre con este sentimiento. Nos empeñamos en buscarlo, a
pesar de encontrarse delante de nosotros, y sólo nos damos cuenta de que fuimos
felices cuando alguien ajeno nos avisa; resulta tan triste y es sólo porque
somos almas ciegas buscando leer un idioma que hace siglos hemos olvidado.
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