Al despertar ya no quedaba nada, solo retazos de recuerdos de lo que fue ella en su cama. Las sábanas tenían su olor pero ya hacía tiempo que abandonó la costumbre de perfumar la habitación; el sonido de su risa resonaba en las paredes y aún así había dejado de reír, pero estaba tan presente que dolía.
Un rastro de carmín, quizás un papel con su letra es lo que podías obtener de su recuerdo mas ella se había ido, prometió que no iba a volver, que se acabó y un portazo silenció el lugar. Silencio intenso que ni las lágrimas derramadas consiguen romper, ni los gritos ahogados en la almohada ni los puñetazos en la pared, nada puede estropear el eterno silencio porque con ella se llevó el color, el sonido y, sobretodo, el amor.
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