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sábado, 26 de abril de 2014

Recuerdos.

El reloj dio las doce, mientras, en el balcón, ella fumaba un cigarro. Estaba sola, sola con el humo del cigarro y los recuerdos. Esos recuerdos que mantenían su mente despierta, que no le permitían dormir, eran como un grito en carne viva que nadie escucharía jamás, sólo se encontraban en su mente.

Lento, el humo se expulsaba entre sus labios, formando leves figuras blanquecinas, que poco después se desvanecían sin más, mientras, en su mano, un cigarro consumiéndose en ascuas, rojas ascuas incandescentes apagadas al caer, sin más, destinadas a morir en un instante.

Su mirada estaba perdida, en el horizonte oscuro de la noche sin luna, donde ella, fumaba y pensaba, pues no podía hacer otra con sus recuerdos, porque no hay nada que rompa más por dentro que los recuerdos. Esos recuerdos que te impiden dormir, esos recuerdos que te impiden soñar, que sólo te permiten pensar y desgarran el alma, te destrozan desde el interior, transformándote en un montón de cenizas, al igual que un fénix que jamás volverá a renacer.

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