Ella estaba tumbada, en la cama, rota, destrozada, deshecha en lágrimas. Sólo una sábana cubría su pálido cuerpo, suave, marcado, esas marcas que no afeaban su cuerpo, si no lo transformaban en una obra de arte.
Siempre pensé que podría recorrer su cuerpo, de lado a lado, beso a beso, cómo si contásemos la longitud de su cuerpo en medidas propias, medidas más bonitas, preciosas.
Un tatuaje en su muñeca, tapando (o no) rastros del pasado, quizás no, quizás es una marca de las que hablamos que hacen más precioso su cuerpo.
Al despertar ella, con sus ojos vidriosos, de tanto llorar, esos ojos azules mar, que deshechos como estaban parecían de cristal; mirarla, como si fuese la primera vez que lo haces, y sonreír, tras darle un beso en los labios como un saludo, una esperanza de que todo irá bien.
Y su sonrisa, aquella perfecta sonrisa, natural como ella, mientras acaricias su costado tatuado, mientras cuentas costilla a costilla su infinito, para después volver a ser un sólo ser, infinito siempre, como el renacer de un fénix.
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