Los monstruos no me dejan vivir, cada día intentan cogerme, todos quieren asesinarme, por favor, salvadme.
Cada noche, al acostarme, comienza. El psicólogo dice que no son reales, pero a veces son tan corpóreos que incluso lo pienso. Me da miedo apartar la luz, me da miedo cerrar los ojos y que aparezcan, porque una vez lo hacen ya no se van, están ahí observándome, con sus pálidos ojos, y sombras, son sombras que me agarran, me atraviesan el alma.
No soporto su visión. Ayer, me encontraba tan sola entre un millón de personas y no podía controlar lo que sentía en el interior. Los demonios me rozaban la piel, se incrustaban en mi como pequeños trozos de cristal, haciendo que sangrase por dentro sin parar, como una hemorragia interna que te mata lentamente y no puedes evitarlo. Quería sacarlos de mi, huir, y salí corriendo sin parar, hasta la más recóndita oscuridad de mi escondrijo; no había nada en esa sala, sólo oscuridad, paredes negras, sin más que un triste colchón y una pequeña caja, una caja con mis espantadores de demonios. Alargadas, brillantes y plateadas, afiladas como el cuchillo, así son, cortantes como el viento de invierno y hacen salir los demonios de la piel.
¿Quién pensó jamás que algo tan dañino salvaría tanto? ¿Cómo algo que corta la piel y es capaz de sangrar destruye demonios del cuerpo?
Y llega el momento en el que no hay retorno. Ese día, no vuelves a ver los monstruos, tampoco vuelves a ver el sol, ese día, sólo existe la oscuridad...
Cada noche, al acostarme, comienza. El psicólogo dice que no son reales, pero a veces son tan corpóreos que incluso lo pienso. Me da miedo apartar la luz, me da miedo cerrar los ojos y que aparezcan, porque una vez lo hacen ya no se van, están ahí observándome, con sus pálidos ojos, y sombras, son sombras que me agarran, me atraviesan el alma.
No soporto su visión. Ayer, me encontraba tan sola entre un millón de personas y no podía controlar lo que sentía en el interior. Los demonios me rozaban la piel, se incrustaban en mi como pequeños trozos de cristal, haciendo que sangrase por dentro sin parar, como una hemorragia interna que te mata lentamente y no puedes evitarlo. Quería sacarlos de mi, huir, y salí corriendo sin parar, hasta la más recóndita oscuridad de mi escondrijo; no había nada en esa sala, sólo oscuridad, paredes negras, sin más que un triste colchón y una pequeña caja, una caja con mis espantadores de demonios. Alargadas, brillantes y plateadas, afiladas como el cuchillo, así son, cortantes como el viento de invierno y hacen salir los demonios de la piel.
¿Quién pensó jamás que algo tan dañino salvaría tanto? ¿Cómo algo que corta la piel y es capaz de sangrar destruye demonios del cuerpo?
Y llega el momento en el que no hay retorno. Ese día, no vuelves a ver los monstruos, tampoco vuelves a ver el sol, ese día, sólo existe la oscuridad...
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